Oración por nuestros padres: honrarlos en vida y en oración
Pasan los años, y un día notas que tu madre camina más despacio. Que tu padre repite la misma historia por tercera vez. Que las manos que te sostuvieron ahora tiemblan al servir el café. O quizá tu historia es otra: hace mucho que no hablas con ellos, hay palabras que nunca se dijeron, heridas que no cerraron. O ya no están, y daría cualquier cosa por una tarde más. En cualquiera de esos lugares, hay un mandamiento que nos alcanza:
«Honra a tu padre y a tu madre, porque tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.»
Éxodo 20:12
En este artículo veremos qué significa honrar a los padres, cómo cambia esa honra con la edad, qué enseñó y qué hizo Jesús, cómo honrar cuando la relación es difícil o hubo daño, y cómo orar por ellos. Al final encontrarás oraciones para dar gracias, para los padres ancianos o enfermos, para reconciliarse, para quien fue herido, para el hijo que cuida y para quienes ya los despidieron.
Qué significa «honrar»
La palabra hebrea que traducimos «honra» viene de una raíz que significa «tener peso». Honrar a alguien es darle peso: tratarlo como importante, tomarlo en serio. Lo contrario es tratarlo como algo liviano, que estorba, que se puede dejar a un lado. Por eso honrar no es lo mismo que idealizar, ni que obedecer en todo, ni que estar siempre de acuerdo. Es reconocer el lugar que ocupan: por ellos nos llegó la vida, y eso nadie más lo puede decir.
Es notable dónde está este mandamiento. Los primeros hablan de nuestra relación con Dios; los últimos, de nuestra relación con el prójimo. Este es el puente entre unos y otros: el primer prójimo que tenemos son nuestros padres, y la manera en que los tratamos dice mucho de cómo tratamos a Dios. El Levítico lo une a la reverencia: «Cada uno temerá a su madre y a su padre» (Levítico 19:3), y pone a la madre en primer lugar.
El primer mandamiento con promesa
«Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres; porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa, Para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.»
Efesios 6:1-3
Pablo subraya que este mandamiento trae una promesa: «para que te vaya bien». No es una fórmula mágica, como si quien cuida a sus padres quedara libre de problemas. Es una ley de la vida: una familia y una sociedad que honran a sus mayores permanecen; las que los desechan se deshacen. Y hay algo más sencillo todavía: tus hijos están mirando cómo tratas a tus padres. De ahí aprenderán cómo tratarte a ti.
Honrar en cada etapa de la vida
De niños, honrar es obedecer. «Hijos, obedeced a vuestros padres en todo; porque esto agrada al Señor» (Colosenses 3:20). Jesús mismo, siendo quien era, volvió con José y María a Nazaret «y estaba sujeto a ellos» (Lucas 2:51).
De jóvenes, honrar es escuchar. «Oye, hijo mío, la doctrina de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre: porque adorno de gracia serán a tu cabeza» (Proverbios 1:8-9). Se puede no estar de acuerdo y aun así escuchar con respeto.
De adultos, honrar es respetar y agradecer. El adulto ya no debe obediencia como un niño: forma su propio hogar y toma sus decisiones. Pero deja la casa, no deja la honra. Cambia la forma: consulta, visita, gratitud, cercanía.
Cuando envejecen, honrar es cuidar.
«Oye a tu padre, a aquel que te engendró; y cuando tu madre envejeciere, no la menosprecies.»
Proverbios 23:22
Llega un día en que los papeles se invierten: quienes nos dieron de comer necesitan que les demos de comer. La Escritura es muy clara: los hijos y los nietos deben aprender «a recompensar a sus padres: porque esto es lo honesto y agradable delante de Dios» (1 Timoteo 5:4). Y añade una de las frases más duras del Nuevo Testamento: «si alguno no tiene cuidado de los suyos, y mayormente de los de su casa, la fe negó, y es peor que un infiel» (1 Timoteo 5:8). Dios mismo se presenta como quien no abandona en la vejez: «hasta las canas os soportaré yo» (Isaías 46:4). Cuidar a un padre anciano es parecerse a Dios.
Lo que Jesús enseñó y lo que Jesús hizo
Jesús defendió este mandamiento frente a quienes lo esquivaban con excusas piadosas. En su tiempo, algunos declaraban sus bienes «Corbán», es decir, ofrenda a Dios, y así quedaban libres de ayudar a sus padres. Jesús fue tajante: eso es invalidar «la palabra de Dios con vuestra tradición» (Marcos 7:13). Ninguna actividad religiosa, ningún ministerio, ninguna ofrenda sustituye el deber de cuidar a los padres.
Y lo que enseñó, lo hizo. En la hora más terrible de su vida, clavado en la cruz, apenas pudiendo respirar, miró a su madre:
«Y como vio Jesús a la madre, y al discípulo que él amaba, que estaba presente, dice a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió consigo.»
Juan 19:26-27
Estaba cargando el pecado del mundo, y se ocupó de que su madre no quedara sola. Si alguna vez hubo alguien con motivos para decir «ahora no puedo», fue él. No lo dijo.
Al mismo tiempo, Jesús puso las cosas en su orden. «El que ama padre o madre más que a mí, no es digno de mí» (Mateo 10:37). Honrar a los padres no es ponerlos en el lugar de Dios. Cuando lo que un padre pide contradice lo que Dios manda, vale la palabra de los apóstoles: «Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5:29). Se puede decir «no» con respeto.
Dos ejemplos para guardar
Rut no cuidó a su madre, sino a su suegra viuda y amargada, y le dijo unas palabras que todavía conmueven: «donde quiera que tú fueres, iré yo; y donde quiera que vivieres, viviré» (Rut 1:16). Honrar alcanza también a suegros, padres adoptivos, abuelos y a todo el que hizo de padre o de madre para nosotros.
José, el gobernador de Egipto, mandó traer a su padre anciano, salió a recibirlo, lloró largamente sobre su cuello y «alimentaba José a su padre y a sus hermanos, y a toda la casa de su padre» (Génesis 47:12). Su éxito no lo alejó de los suyos. Lee Rut, la extranjera fiel y José, de esclavo a gobernador.
Maneras concretas de honrarlos hoy
- Escúchalos. También la historia que ya te contaron. Un día pagarías por oírla otra vez.
- Agradece en vida. Dilo con palabras, y con detalles concretos: «gracias por aquella vez que…». Las flores sirven más sobre la mesa que sobre la tumba.
- Dales tu tiempo. Una llamada, una visita sin prisa, una comida. Es lo que más valoran y lo que menos damos.
- Provee en su necesidad. Alimento, medicinas, acompañarlos al médico, arreglar lo que ya no pueden arreglar.
- Habla bien de ellos. No los ridiculices ni los descalifiques delante de tus hijos.
- Ten paciencia con su lentitud y sus olvidos. Ellos la tuvieron cuando aprendías a caminar y a hablar.
- Respeta su dignidad. Mientras puedan, que decidan sobre su propia vida. Cuidar no es mandar.
- Pídeles su historia y su bendición. Pregúntales por su infancia, por su fe, por lo que aprendieron.
- Perdona. Fueron padres sin manual, con las heridas que traían.
- Ora por ellos todos los días, y, si se dejan, ora con ellos.
Y una palabra para los hermanos: repartan la carga. El cuidado de los padres no puede recaer siempre sobre la misma persona, casi siempre una hija. Honrar a los padres incluye sostener a quien los cuida.
Cuando honrar es difícil: padres que hirieron
No todos tuvieron padres que se dejaran honrar con facilidad. Hay quien creció con abandono, con gritos, con golpes, con alcohol, con abuso. Para ellos este mandamiento puede sonar como una segunda herida. Por eso hay que decir con claridad lo que honrar no es.
Honrar no es negar lo que pasó ni llamar bueno a lo malo. No es obedecer lo que es pecado. No es quedarse en un lugar donde uno corre peligro, ni exponer a los propios hijos. No es fingir un cariño que no existe. Si hubo o hay abuso o violencia, la seguridad está primero: busca ayuda de personas de confianza y de profesionales. Poner distancia no es deshonrar.
¿Qué queda, entonces? Queda lo que sí está en nuestra mano: no devolver mal por mal, no maldecir, no vivir para la venganza; reconocer lo poco o lo mucho que sí dieron, aunque solo fuera la vida; orar por ellos; y caminar, al paso que se pueda, hacia el perdón, que es un proceso y no un instante. A veces, honrar es cuidar de lejos, con límites firmes y el corazón limpio. Y para quien no tuvo padre o madre, o los tuvo y fue como no tenerlos, hay una palabra que no falla:
«Aunque mi padre y mi madre me dejaran, Jehová con todo me recogerá.»
Salmo 27:10
Dios es «padre de huérfanos» y «hace habitar en familia los solos» (Salmo 68:5-6). Lee El perdón en la Biblia, Cómo perdonar una traición como Jesús y El verdadero amor de un Padre revelado en Cristo Jesús.
Cuando no comparten nuestra fe
Hay hijos que conocieron a Cristo y cuyos padres no creen, o creen de otra manera. La tentación es predicarles en cada visita. Suele dar mejor resultado lo contrario: un hijo más paciente, más servicial, más agradecido que antes dice más que muchos argumentos. Honrarlos es también respetar su ritmo. Ora por ellos en secreto, responde cuando pregunten, y deja al Espíritu Santo lo que solo él puede hacer.
Cuando ya partieron
La honra no termina en el cementerio. Se honra a los padres que murieron dando gracias por ellos, viviendo lo bueno que enseñaron, contando su historia a los nietos y perdonando lo que quedó pendiente. Si te pesa lo que no dijiste o no hiciste, llévalo a Dios: él recibe también esa carga.
Las tradiciones cristianas difieren en este punto: católicos y ortodoxos oran por sus difuntos; la mayoría de las iglesias evangélicas dan gracias por ellos y los confían a la misericordia de Dios sin pedir por ellos. Todos podemos hacer juntos lo esencial: agradecer, confiar en el Dios «que no es Dios de muertos, sino de vivos», y esperar la resurrección.
El corazón de los hijos vuelto a los padres
El Antiguo Testamento termina con una promesa sobre las familias:
«El convertirá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres: no sea que yo venga, y con destrucción hiera la tierra.»
Malaquías 4:6
Es Dios quien vuelve los corazones. Hay distancias entre padres e hijos que ningún consejo acorta, y que el Espíritu Santo sí puede acortar. Por eso, antes de la llamada difícil, antes de la visita que temes, antes de sentarte junto a esa cama, ora. Lee Oración por nuestros hijos.
Oraciones por nuestros padres
De gratitud por mis padres
Padre del cielo, gracias por mi padre y por mi madre. Por las noches que no durmieron, por el pan que no faltó o que compartieron cuando faltaba, por lo que callaron para que yo no me preocupara. De niño no lo veía; ahora empiezo a entender. Perdóname las respuestas duras, las llamadas que no hice, el tiempo que les negué. Ven, Espíritu Santo, y pon en mi boca las palabras de gratitud que todavía no les he dicho, y el valor de decírselas en vida. Bendícelos, Señor, y guárdalos; haz resplandecer tu rostro sobre ellos, y dales paz. Amén.
Por mis padres ancianos
Señor, mis padres están envejeciendo, y me duele verlo. Se cansan, olvidan, tienen miedo de ser una carga. Tú dijiste: «hasta las canas os soportaré yo». Sostenlos. Guarda sus pasos, su memoria, su ánimo. Líbralos de la soledad, que es la enfermedad que más duele. Ven, Espíritu Santo, Consolador, y acompáñalos en las horas largas de la casa vacía. A mí dame paciencia cuando repitan, ternura cuando se equivoquen, tiempo cuando no lo tengo. Que no los trate nunca como un estorbo. Y que sus últimos años sean años de paz, cerca de ti y cerca de los suyos. No los deseches en el tiempo de la vejez. Amén.
Por un padre o una madre enfermos
Señor Jesús, tú que desde la cruz cuidaste de tu madre, mira hoy a la mía, mira a mi padre. Está enfermo, y yo no sé qué hacer con este miedo. Pon tu mano sobre su cuerpo cansado. Alivia su dolor; da sabiduría a los médicos; sánalo, si es tu voluntad, y si el camino es otro, que no lo recorra solo. Ven, Espíritu Santo, y llena de paz esta habitación. Quítale el temor. Dame fuerzas para cuidar, y palabras —o silencio— cuando no sepa qué decir. Te doy gracias por cada día que todavía me lo prestas. En tus manos está. Amén.
Para reconciliarme con mi padre o mi madre
Señor, entre mi padre y yo —entre mi madre y yo— hay un silencio que ya dura demasiado. Los dos tenemos razones, y los dos estamos cansados. Yo no sé cómo dar el primer paso; me pesa el orgullo y me da miedo el rechazo. Tú prometiste volver el corazón de los hijos a los padres: empieza por el mío. Ven, Espíritu Santo, y ablanda lo que se ha endurecido en mí. Muéstrame mi parte, y dame humildad para pedir perdón por ella sin exigir nada a cambio. Prepara su corazón antes de que yo llegue. No permitas que la muerte nos encuentre así. Dame el valor de llamar hoy. Amén.
Por un padre o una madre que me hirió
Dios mío, tú sabes lo que viví en mi casa. Sabes lo que me hicieron, o lo que me faltó, y cuánto tiempo llevo cargándolo. No voy a decirte que no pasó, ni que no dolió. Me cuesta hasta nombrarlo delante de ti. Pero no quiero que esta herida gobierne mi vida ni que la hereden mis hijos. Ven, Espíritu Santo, y entra en esos recuerdos; sana al niño, a la niña que fui. Enséñame lo que es un padre mirándote a ti. Hoy no puedo sentir cariño; te pido solo no devolver mal por mal. Pongo a esa persona en tus manos, que juzgas con justicia y con misericordia. Empieza en mí el perdón, y dame sabiduría para poner los límites que necesito. Aunque mi padre y mi madre me dejaran, tú me recogerás. Amén.
Por mis padres que no conocen a Cristo
Señor, mis padres me dieron mucho, y yo quisiera darles lo mejor que tengo: a ti. No he sabido cómo. A veces he hablado de más; a veces he callado por cobardía. Tú los amas más que yo. Ven, Espíritu Santo, y haz lo que mis palabras no logran: tócales el corazón, quítales los prejuicios, sana las heridas que les dejó la religión mal vivida. Pon en su camino a alguien a quien sí escuchen. Y que vean en mí, en mi paciencia y en mi cuidado, algo de Jesús. Dales tiempo, Señor, y dales luz. Que un día oremos juntos. Amén.
Del hijo que cuida
Señor, estoy cansado. Cuidar a mi madre, a mi padre, me está costando el sueño, la paciencia y a veces la salud. Lo hago por amor, y aun así hay días en que me enojo, en que quisiera salir corriendo, y luego me siento culpable. Tú conoces todo eso y no me condenas. Gracias por dejarme devolver un poco de lo que recibí. Ven, Espíritu Santo, y renueva mis fuerzas esta mañana. Dame manos suaves y palabras suaves. Mueve a mis hermanos a compartir esta carga, y a mí dame humildad para pedir ayuda. Recuérdame que lo que hago a uno de estos pequeños, a ti te lo hago. Y cuida tú de mí mientras yo cuido. Amén.
Por mis padres que ya partieron
Señor, mis padres ya no están, y la casa quedó en silencio. Te doy gracias por ellos: por su vida, por sus manos, por lo que me enseñaron sin darse cuenta. Hay cosas que no alcancé a decirles; te las digo a ti, que nada pierdes. Perdóname lo que les quedé debiendo, y ayúdame a perdonar lo que ellos me quedaron debiendo. Los pongo en tu misericordia, que es más grande que mi recuerdo. Ven, Espíritu Santo, Consolador, a esta ausencia. Enséñame a honrarlos viviendo lo bueno que sembraron en mí. Y sostén mi esperanza en el día en que ya no habrá despedidas. Amén.
Preguntas frecuentes
¿Tengo que obedecer a mis padres siendo adulto? Les debes respeto, gratitud y cuidado, no la obediencia de un niño. Escucha su consejo con atención; la decisión y la responsabilidad son tuyas.
¿Honrarlos significa dejar que decidan en mi matrimonio? No. El matrimonio forma un hogar nuevo. Se honra a los padres sin permitir que su opinión divida a los esposos.
Si me maltrataron, ¿estoy obligado a cuidarlos? Estás llamado a no devolver mal por mal y a no abandonarlos a la miseria, pero nadie puede exigirte que te expongas a nuevo daño. A veces el cuidado se da a distancia o por medio de otros. Busca consejo.
¿Y si viven lejos? La honra viaja: una llamada frecuente, una ayuda económica, una visita cuando sea posible, y la oración diaria.
Oración final
Padre nuestro, tú quisiste que llegáramos a la vida por medio de un padre y de una madre. Te doy gracias por los míos, con sus aciertos y con sus errores. Enséñame a darles peso en mi vida: a escucharlos, a agradecerles, a cuidarlos cuando ya no puedan solos. Ven, Espíritu Santo, y vuelve mi corazón hacia ellos y el de ellos hacia mí. Sana lo que entre nosotros está roto. Dame la ternura de Jesús, que en su peor hora se acordó de su madre. Guárdalos en tu paz hoy; acompáñalos en su vejez; recíbelos, cuando llegue el día, en tu casa. Y que mis hijos aprendan, viéndome, cómo se honra. Amén.