Oración por nuestros hijos: cómo orar por ellos en cada etapa
Hay un momento en la vida de todo padre y de toda madre en que se descubre el límite. Puedes darle de comer, llevarlo al médico, pagarle el colegio, aconsejarlo. Pero no puedes ir con él a todas partes. No puedes entrar en su corazón, ni escoger por él, ni protegerlo de todo. Y entonces, quizá de madrugada, de pie junto a su cama o mirando un teléfono que no suena, haces lo único que queda, y que en realidad es lo primero: orar. La Biblia conoce esa hora:
«Levántate, da voces en la noche, en el principio de las velas; derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor; alza tus manos a él por la vida de tus pequeñitos, que desfallecen de hambre en las entradas de todas las calles.»
Lamentaciones 2:19
Este artículo es para esos momentos. Veremos por qué orar por los hijos, qué padres y madres de la Biblia lo hicieron, qué promesas podemos presentar delante de Dios y cómo orar sin querer controlar. Después encontrarás oraciones para cada etapa: antes de nacer, en la infancia, en la adolescencia, cuando ya son adultos, cuando están enfermos, cuando se han alejado y cuando ya no están con nosotros.
Por qué orar por nuestros hijos
Porque son de Dios antes que nuestros. «Heredad de Jehová son los hijos» (Salmo 127:3). No los fabricamos ni nos pertenecen: nos fueron confiados por un tiempo. Orar por ellos es devolverlos cada día a su verdadero dueño.
Porque hay lugares adonde solo Dios llega. El colegio, la calle, la pantalla, la noche, el futuro; y sobre todo, el corazón. Nuestra mano tiene un alcance; la de Dios no.
Porque Jesús los recibe. Cuando los discípulos quisieron apartar a los niños, Jesús se enojó: «Dejad los niños venir, y no se lo estorbéis» (Marcos 10:14). «Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía» (Marcos 10:16). Orar por un hijo es llevarlo a esos brazos.
Porque la oración nos cambia a nosotros. Nos quita el miedo que nos vuelve duros, nos muestra en qué hemos fallado y nos da paciencia para el día siguiente. Muchas veces Dios empieza a responder la oración por un hijo transformando a quien ora.
Padres y madres que oraron en la Biblia
Ana pidió un hijo con lágrimas, y cuando lo tuvo dijo: «Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí. Yo pues le vuelvo también a Jehová» (1 Samuel 1:27-28). Oró para recibirlo y oró para entregarlo.
Manoa, el padre de Sansón, hizo la oración de todo padre que no sabe qué hacer: que Dios «nos enseñe lo que hayamos de hacer con el niño que ha de nacer» (Jueces 13:8).
Abraham oró por el hijo complicado, el que no era «el de la promesa»: «Ojalá Ismael viva delante de ti» (Génesis 17:18). Y Dios respondió: «en cuanto a Ismael, también te he oído» (Génesis 17:20). Ningún hijo queda fuera de la oración de un padre.
Job tenía hijos ya adultos, con casa propia, y aun así «levantábase de mañana» y ofrecía un sacrificio por cada uno, porque decía: «Quizá habrán pecado mis hijos». «De esta manera hacía todos los días» (Job 1:5).
David rogó por su hijo enfermo, ayunó y pasó la noche en tierra (2 Samuel 12:16). Y años después lloró al hijo rebelde con un grito que todo padre entiende: «¡Hijo mío Absalom, hijo mío, hijo mío!» (2 Samuel 18:33).
La mujer cananea clamó por su hija y recibió primero silencio. No se fue. Insistió hasta oír: «Oh mujer, grande es tu fe» (Mateo 15:28).
Jairo cayó a los pies de Jesús: «Mi hija está a la muerte: ven» (Marcos 5:23). Y el padre de un muchacho enfermo hizo la oración más honesta de los Evangelios: «Creo, ayuda mi incredulidad» (Marcos 9:24). Jesús no le exigió una fe perfecta; respondió a la que tenía.
Loida y Eunice, abuela y madre, sembraron en Timoteo una «fe no fingida» (2 Timoteo 1:5). Y fuera de la Biblia, la historia cristiana recuerda a Mónica, que oró y lloró durante muchos años por su hijo Agustín, hasta verlo volver a Dios. Lee Samuel, profeta y juez.
Promesas para presentar delante de Dios
Orar con la Escritura es recordarle a Dios lo que él mismo dijo. Estas son algunas palabras a las que un padre puede aferrarse:
«Y todos tus hijos serán enseñados de Jehová; y multiplicará la paz de tus hijos.»
Isaías 54:13
«Mi espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos» (Isaías 44:3). «Tu pleito yo lo pleitearé, y yo salvaré a tus hijos» (Isaías 49:25). «La misericordia de Jehová desde el siglo y hasta el siglo sobre los que le temen, y su justicia sobre los hijos de los hijos» (Salmo 103:17). «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y tu casa» (Hechos 16:31).
Conviene decir algo con honestidad. Estas promesas no son un contrato que obligue a Dios a pasar por encima de la libertad de nuestros hijos, ni una fórmula. «Instruye al niño en su carrera: aun cuando fuere viejo no se apartará de ella» (Proverbios 22:6) es un proverbio: enseña cómo suelen ir las cosas, no dicta sentencia contra los padres cuyos hijos tomaron otro camino. El padre de la parábola del hijo pródigo representa a Dios mismo, y su hijo se fue. Si tu hijo está lejos, no concluyas que fuiste un mal padre ni que Dios no te oyó. Sigue orando: la historia no ha terminado.
Cómo orar por ellos
- Entrégalos con las manos abiertas. Orar no es dictarle a Dios el plan que tenemos para ellos, sino confiarlos al plan que él tiene.
- Ora por su corazón más que por su éxito. De Jesús niño se dice que «crecía en sabiduría, y en edad, y en gracia para con Dios y los hombres» (Lucas 2:52). Es una buena guía: mente, cuerpo, relación con Dios, relación con los demás. «No tengo yo mayor gozo que éste, el oir que mis hijos andan en la verdad» (3 Juan 4).
- Ora con la Biblia y con su nombre. Toma un salmo y pon el nombre de tu hijo: «Jehová te guardará de todo mal… Jehová guardará tu salida y tu entrada» (Salmo 121:7-8).
- Bendícelos. Pon la mano sobre su cabeza antes de dormir o al salir de casa, y di una bendición. No hace falta ser pastor: eres su padre, eres su madre. Y si ya son grandes o viven lejos, bendícelos igual, aunque no te oigan.
- Ora con ellos, no solo por ellos. «Las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes» (Deuteronomio 6:7). Un niño que oye a sus padres orar por él nunca lo olvida.
- Invoca al Espíritu Santo sobre ellos. Él puede hablarles por dentro, donde nuestras palabras no entran.
- Persevera. Hay respuestas que tardan años. Dios cuenta las oraciones y las lágrimas.
- Ora también por ti. Para ser el padre o la madre que necesitan; y para tener la humildad de pedirles perdón cuando te equivocas. «No provoquéis a ira a vuestros hijos» (Efesios 6:4).
Orar sin controlar
La oración no es una manera de manejar a los hijos a distancia. «Estoy orando por ti» puede ser una caricia o un reproche, según cómo se diga. Cuando los hijos crecen, el amor cambia de forma: menos órdenes, más escucha; menos sermones, más oración en lo secreto. El Padre de la parábola no encadenó a su hijo ni fue tras él a la provincia lejana. Lo dejó ir, miró el camino todos los días, y cuando lo vio venir, «corrió, y echóse sobre su cuello, y besóle» (Lucas 15:20). Ese es el modelo: respetar, esperar, y tener siempre la puerta abierta y la mesa lista. Lee La parábola del hijo pródigo.
Y orar no sustituye actuar. Si tu hijo está en peligro, es víctima de maltrato o abuso, consume drogas o habla de hacerse daño, busca ayuda profesional hoy mismo. Dios obra también por medio de médicos, psicólogos, maestros y de la comunidad.
Oraciones por nuestros hijos en cada etapa
Por el hijo que esperamos
Señor, tú ya lo conoces. Antes de que yo vea su rostro, tus ojos lo ven y tus manos lo están formando en lo secreto. Gracias por esta vida que no merezco. Tengo ilusión y tengo miedo, las dos cosas. Cuida su cuerpo pequeño, cuida a su madre, y prepara nuestro corazón y nuestra casa. Ven, Espíritu Santo, y cubre a este niño desde ahora, como llenaste de alegría a Juan en el vientre de Elisabet. Que nazca en una casa donde se te ama. Desde hoy es tuyo, Señor, antes que nuestro. Amén.
Por un hijo pequeño
Padre, gracias por esta risa, por estas preguntas que no se acaban, por estas manos que todavía me buscan. Perdóname el cansancio que a veces vuelco sobre él, los gritos, la prisa. Guárdalo mientras duerme y mientras juega; pon tus ángeles a su alrededor. Que crezca sabiéndose querido, para que le sea fácil creer que tú lo quieres. Ven, Espíritu Santo, y siembra en su corazón, tan temprano, el amor a Jesús. Enséñame a hablarle de ti con sencillez y a mostrarte con mi vida. Como el Buen Pastor, llévalo en tu seno. Amén.
Por un hijo adolescente
Señor, mi hijo está cambiando y ya no sé cómo llegar a él. La puerta de su cuarto se cierra, sus respuestas son cortas, y yo me quedo afuera con todo lo que quisiera decirle. Tú no te quedas afuera. Ven, Espíritu Santo, y entra donde yo no puedo: a sus dudas, a sus miedos, a lo que mira cuando está solo, a lo que piensa de sí mismo. Dale amigos buenos. Guárdalo de lo que puede marcarlo para siempre. Que sepa quién es antes de que otros se lo digan. Y a mí dame paciencia, oídos, y el valor de no soltarlo ni asfixiarlo. Que su fe llegue a ser suya, no heredada. Amén.
Por un hijo adulto
Padre, ya no me toca decidir por él. Tiene su vida, su casa, sus decisiones, y algunas me duelen. Enséñame mi nuevo lugar: aconsejar solo cuando me lo pidan, callar a tiempo, estar. Como Job, hoy me levanto y lo pongo delante de ti por su nombre. Bendice su trabajo, su matrimonio, sus hijos. Donde se ha equivocado, sé tú su camino de regreso. Ven, Espíritu Santo, y háblale en la voz que él sí escucha. Sana lo que yo hice mal cuando era niño y que quizá todavía carga. Y que, pase lo que pase, sepa que tiene un padre, una madre, que lo ama. Amén.
Por un hijo enfermo
Señor Jesús, como Jairo, caigo a tus pies: mi hijo está enfermo; ven. Daría mi salud por la suya, y no puedo. Tú sí puedes. Pon tu mano sobre él. Sánalo, Señor; te lo pido con todo lo que soy. Guía a los médicos, da acierto a los tratamientos, quítale el dolor y el miedo. Ven, Espíritu Santo, Consolador, y quédate en esta habitación; sostén también a los que lo cuidamos, que estamos agotados. Dime lo que le dijiste a aquel padre: «No temas: cree solamente». Creo, Señor; ayuda mi incredulidad. Está en tus manos, que son mejores que las mías. Amén.
Por un hijo que se ha alejado
Padre, tú sabes lo que es mirar el camino esperando a un hijo. El mío se fue: lejos de casa, lejos de ti, o lejos de los dos. No sé dónde duerme su corazón esta noche. He repasado mil veces lo que hice mal; te lo entrego, perdóname y líbrame de esta culpa que no me deja orar con esperanza. Ven, Espíritu Santo, y alcánzalo allí donde está. Haz que vuelva en sí, como aquel muchacho de la parábola. Pon en su camino a alguien que le hable de ti. Guárdale la vida. Y prepárame a mí, para que el día que regrese no encuentre reproches, sino los brazos abiertos. Tú dijiste: «los hijos volverán». Me aferro a eso. Amén.
Por un hijo atrapado en una adicción
Señor, veo a mi hijo destruirse y no puedo detenerlo. He rogado, he amenazado, he pagado, he llorado. Estoy cansado, y a veces enojado, y a veces sin fe. Tú viniste a dar libertad a los cautivos: él es uno. Rompe lo que lo ata. Sana la herida que intenta apagar. Ven, Espíritu Santo, y dale un momento de lucidez, y a alguien que lo ayude en ese momento. Dame sabiduría para saber cuándo sostener y cuándo poner un límite, porque no quiero ayudar a que se hunda. Guárdalo con vida hasta el día de su regreso. No lo sueltes, Señor. Yo tampoco. Amén.
Por un hijo que ya no está
Señor, no hay palabra para lo que soy desde que mi hijo murió. No te pido explicaciones; no las soportaría. Te pido que me sostengas, porque hay días en que no puedo respirar. Tú también viste morir a tu Hijo. Recibe mi llanto; no me pidas que sea fuerte. Gracias por cada día que lo tuve. Lo dejo en tus manos, que lo amaron antes que yo y lo aman mejor. Ven, Espíritu Santo, Consolador, a este vacío que nada llena. Dame la esperanza de David: «yo voy a él». Hasta ese día, enséñame a vivir. Amén.
Por los nietos
Señor, me has dejado ver a los hijos de mis hijos, y te doy gracias. Ya no tengo las fuerzas de antes, pero tengo tiempo y tengo memoria: úsalos. Que yo pueda contarles lo que has hecho conmigo, sin cansarlos y sin callar. Cúbrelos en este mundo que es tan distinto del mío. Ven, Espíritu Santo, sobre esta generación nueva; derrama tu bendición sobre estos renuevos. Que la fe que recibí no se detenga en mí. Y cuando yo falte, que recuerden que su abuela, su abuelo, oraba por ellos cada día. Amén.
Una bendición para decir sobre ellos
Esta es la bendición que Dios mismo enseñó. Puedes decirla cada noche, con la mano sobre la cabeza de tu hijo, o en silencio, pensando en el que está lejos:
«Jehová te bendiga, y te guarde: Haga resplandecer Jehová su rostro sobre ti, y haya de ti misericordia: Jehová alce a ti su rostro, y ponga en ti paz.»
Números 6:24-26
Cuando la respuesta tarda
Hay padres que han orado veinte años sin ver un cambio. A ellos les habla el profeta, con palabras dirigidas a una madre que lloraba por sus hijos:
«Así ha dicho Jehová: Reprime tu voz del llanto, y tus ojos de las lágrimas; porque salario hay para tu obra, dice Jehová, y volverán de la tierra del enemigo. Esperanza también hay para tu fin, dice Jehová, y los hijos volverán a su término.»
Jeremías 31:16-17
«Salario hay para tu obra». Ninguna oración por un hijo se pierde. Algunas respuestas las veremos aquí; otras, quizá, solo desde la eternidad. Pero el Dios que escuchó a Ana, a Jairo y a la cananea sigue escuchando.
Preguntas frecuentes
¿Puedo orar por mis hijos si yo mismo he estado lejos de Dios? Sí, y es una hermosa manera de volver. Dios no rechaza la oración de un padre arrepentido. Lee Volver a Cristo.
Mi hijo no quiere saber nada de la fe. ¿Sirve orar? Sirve. Tu oración no fuerza su libertad, pero abre caminos que tú no ves. Ora, ámalo sin condiciones y no conviertas cada encuentro en un sermón.
No soy su padre biológico. ¿Vale mi oración? Los padres adoptivos, los padrastros, los abuelos, los padrinos, los maestros: todo el que ama a un niño puede ponerlo delante de Dios. Mardoqueo crió a Ester; Elí, a Samuel.
¿Cómo oro si no sé qué pedir? Di su nombre delante de Dios y quédate en silencio. El Espíritu intercede con gemidos que no caben en palabras (Romanos 8:26). Lee Cómo aprender a orar.
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Oración final
Padre del cielo, de quien toma nombre toda familia, hoy pongo a mis hijos en tus manos, uno por uno, con su nombre y con su historia. (Dilos aquí.) Tú los amabas antes de que yo los conociera, y los amarás cuando yo ya no esté. Perdona mis errores de padre, de madre, y no dejes que ellos paguen por mis heridas. Ven, Espíritu Santo, y repósate sobre mi casa: sobre el que duerme tranquilo y sobre el que me quita el sueño. Guárdalos del mal. Atráelos a Jesús con lazos de amor. Y a mí enséñame a amarlos como tú me amas: sin soltarlos y sin apretarlos, esperando siempre. Son tuyos, Señor. Te los devuelvo cada día. Amén.