Cómo vivir en el poder del Espíritu Santo: seis claves bíblicas
El poder del Espíritu Santo está disponible para todo creyente, y la Biblia muestra seis actitudes que abren la puerta para que fluya en nuestra vida: pureza de corazón, un espíritu obediente, una actitud de humildad, participar en el ministerio en todo, oración perseverante y creer lo que Dios prometió. Jesús no prometió un goteo de poder, sino ríos:
«Mas en el postrer día grande de la fiesta, Jesús se ponía en pie y clamaba, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su vientre. (Y esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él: pues aun no había venido el Espíritu Santo; porque Jesús no estaba aún glorificado.)»
Juan 7:37-39 (RV 1909)
Este artículo explica para qué es el poder del Espíritu, por qué tantos cristianos viven sin experimentarlo y cuáles son, una por una, las seis claves para vivir en él. Al final hay un examen personal y una oración.
¿Tu vida se explica sin Dios?
Hay una pregunta incómoda que conviene hacerse: lo que consigo en la vida, ¿se explica por mi talento, mi educación, mi energía y mi experiencia, o solo se explica por la presencia de Dios en mí? Muchos creyentes viven una fe correcta pero sin poder: van a la iglesia, cantan, oran antes de comer, y el resto de la semana funcionan con sus propias fuerzas.
A veces los más capaces son los que más dificultad tienen para depender de Dios. Su preparación y sus dones los sostienen tanto que nunca llegan a decir: «Señor, si tú no lo haces, yo no puedo». Al principio cosechan aplausos, pero con el tiempo se nota la falta de fruto duradero. Pablo, uno de los hombres más preparados de su época, escribió:
«No que seamos suficientes de nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia es de Dios; El cual asimismo nos hizo ministros suficientes de un nuevo pacto: no de la letra, mas del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.»
2 Corintios 3:5-6 (RV 1909)
Y recordó a los corintios cómo llegó a ellos: «estuve yo con vosotros con flaqueza, y mucho temor y temblor» (1 Corintios 2:3). No llegó como un orador brillante, sino con un solo mensaje, Cristo crucificado, y «con demostración del Espíritu y de poder» (2:4). Sentirse insuficiente no es un problema: es el punto de partida.
El poder está disponible para ti
La promesa de Hechos 1:8 no fue solo para los apóstoles. «Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare» (Hechos 2:39). Todo el que ha creído en Cristo tiene al Espíritu Santo. Nadie es demasiado joven ni demasiado viejo para experimentar su poder.
Las tradiciones cristianas describen de distintas maneras esta experiencia: para unas es un bautismo en el Espíritu posterior a la conversión; para otras, el Espíritu se recibe al creer y ser bautizado y luego se renueva en sucesivas llenuras. Pero todas coinciden en el mandato de Pablo: «sed llenos de Espíritu» (Efesios 5:18), que en el original significa «seguid siendo llenos». La pregunta no es si el Espíritu está disponible, sino si nosotros estamos disponibles para él. Lee Recibiréis poder y me seréis testigos y El Espíritu Santo hoy.
¿Para qué es el poder del Espíritu?
No es para impresionar a nadie. Si alguien pidiera el poder del Espíritu para predicar mejor y que lo admiren, estaría pidiendo algo que Dios no va a dar. El poder tiene dos propósitos: una vida victoriosa y un servicio eficaz. Vencer el pecado, el miedo y la amargura, y bendecir a otros.
Por eso Jesús habló de ríos que «correrán». Un río no se queda quieto: sale de nosotros hacia los demás, en la casa, en la oficina, entre los amigos. El poder de Dios debería ser lo normal en la vida cristiana, no la excepción. Lee Una vida sobrenatural.
Seis claves para vivir en el poder del Espíritu
1. Pureza de corazón
«Bienaventurados los de limpio corazón: porque ellos verán a Dios» (Mateo 5:8). «¿Quién subirá al monte de Jehová?… El limpio de manos, y puro de corazón» (Salmo 24:3-4). La pureza y el poder van juntos. No se puede guardar algo entre nosotros y Dios —una rebelión, un pecado que defendemos, un resentimiento que alimentamos— y esperar que su poder fluya con libertad. «Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me oyera» (Salmo 66:18).
No es que Dios no pueda: «no se ha acortado la mano de Jehová para salvar… mas vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios» (Isaías 59:1-2). La buena noticia es que la puerta está abierta: «el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia» (Proverbios 28:13). Pide como David: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio» (Salmo 51:10). El que se limpia «será vaso para honra… útil para los usos del Señor» (2 Timoteo 2:21).
2. Un espíritu obediente
No se trata solo de obedecer de vez en cuando, sino de tener un espíritu obediente: que obedecer a Dios sea nuestra respuesta natural, y la desobediencia la excepción. Pedro dijo que Dios ha dado el Espíritu Santo «a los que le obedecen» (Hechos 5:32). Y Jesús: «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Juan 14:15); al que lo ama y guarda sus palabras, él promete: «me manifestaré a él» (14:21).
Esto significa ocuparse de inmediato de lo que el Espíritu señala. Si algo vuelve una y otra vez a tu conciencia y no lo enfrentas, el río se estanca. «Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores» (Santiago 1:22). Y es la herencia más valiosa para los hijos: enseñarles desde pequeños, con tiempo, ejemplo, paciencia y amor, a que obedecer a Dios sea su estilo de vida.
3. Una actitud de humildad
Así como la pureza y el poder van juntos, el orgullo y el poder espiritual no se mezclan. «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Santiago 4:6; 1 Pedro 5:5). Dios habita «con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes» (Isaías 57:15).
El modelo es Jesús, que «se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo» (Filipenses 2:7). La humildad no es pensar mal de uno mismo, sino depender de Dios y darle a él la gloria. Hay que elegir: o mi orgullo, o su poder. Lee Honrar a Dios.
4. Participar en el ministerio, en todo
Cada vez que en la Biblia se manifiesta el poder del Espíritu, las personas hacen algo: sirven, hablan, sanan, comparten. El poder no es un pozo para guardar, sino un río para dar. «Cada uno según el don que ha recibido, adminístrelo a los otros» (1 Pedro 4:10). «A cada uno le es dada manifestación del Espíritu para provecho» (1 Corintios 12:7).
Ministerio no es solo lo que pasa en un púlpito. Es servir a tu familia, ayudar a un compañero de trabajo, visitar a un enfermo, orar por un vecino, enseñar a un niño. «Servíos por amor los unos a los otros» (Gálatas 5:13). Jesús dijo: «el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor» (Mateo 20:26). Si no estoy dispuesto a intentar nada para Dios que vaya más allá de mis capacidades, no necesitaré su poder. Lee El don de servicio.
5. Oración perseverante
No basta con orar de vez en cuando. Jesús enseñó «que es necesario orar siempre, y no desmayar» (Lucas 18:1). Antes de Pentecostés, los discípulos «perseveraban unánimes en oración y ruego» (Hechos 1:14). Y después, cuando los amenazaron, volvieron a orar:
«Y como hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaron la palabra de Dios con confianza. Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma: y ninguno decía ser suyo algo de lo que poseía; mas todas las cosas les eran comunes. Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran esfuerzo; y gran gracia era en todos ellos.»
Hechos 4:31-33 (RV 1909)
La oración perseverante sostiene todas las demás claves: mantiene el corazón limpio, inclina el espíritu a la obediencia, nos conserva humildes y nos orienta hacia el servicio. Daniel oraba tres veces al día «como lo solía hacer antes» (Daniel 6:10), aun cuando eso le costó el foso de los leones. Muéstrame a un creyente que no ora, y verás a alguien que sabe poco del poder del Espíritu. Lee Cómo aprender a orar.
6. Creer lo que él prometió
La última clave es sencilla: confiar en que Dios hará lo que dijo. «Sin fe es imposible agradar a Dios» (Hebreos 11:6). «Dios no es hombre, para que mienta… él dijo, ¿y no hará?» (Números 23:19). De Abraham se dice:
«Tampoco en la promesa de Dios dudó con desconfianza: antes fue esforzado en fe, dando gloria a Dios, Plenamente convencido de que todo lo que había prometido, era también poderoso para hacerlo.»
Romanos 4:20-21 (RV 1909)
Creer no es esperar sentado a sentir algo. Es avanzar por fe hacia lo que Dios te pidió, diciendo: «Señor, voy porque tú me enviaste; si tú no lo haces, fracasaré; confío en que me darás el poder en esta situación». «Todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén» (2 Corintios 1:20). «Bienaventurada la que creyó, porque se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor» (Lucas 1:45).
Un examen personal
Lee estas preguntas despacio, delante de Dios:
- Pureza de corazón: ¿hay algo que estoy guardando entre Dios y yo? ¿Estoy dispuesto a soltarlo?
- Espíritu obediente: ¿qué me ha pedido Dios que todavía no he hecho?
- Humildad: ¿busco su gloria o la mía? ¿Dependo de él o de mis capacidades?
- Ministerio: ¿a quién estoy sirviendo? ¿Dónde corre el río a través de mí?
- Oración perseverante: ¿oro solo en las crisis, o cada día?
- Fe: ¿creo de verdad que Dios hará lo que prometió?
Y una pregunta final que vale la pena dejar resonar: ¿qué podría hacer Dios con mi vida si se la entregara del todo? No te conformes con sobrevivir en la vida cristiana. No digas «tuve un mal comienzo» o «ya es tarde para mí». Di: «Señor, aquí estoy; todo tuyo».
Cuando no sientes el poder
El poder del Espíritu no se mide por emociones. Hay días en que no sentirás nada especial y, sin embargo, Dios estará obrando. «Sin mí nada podéis hacer», dijo Jesús (Juan 15:5); con él, en cambio, nuestra debilidad se convierte en el lugar donde se muestra su fuerza (2 Corintios 12:9).
No compares tu personalidad con la de otros. Una persona tranquila puede estar tan llena del Espíritu como una muy expresiva. Empieza por pasos pequeños: confiesa lo que debas confesar, obedece en lo que ya sabes, sirve a alguien hoy, ora un poco más, cree una promesa concreta. Y pide sin miedo: el Padre dará «el Espíritu Santo a los que lo pidieren de él» (Lucas 11:13). Lee Apartados por el Espíritu Santo.
Preguntas frecuentes
¿Cómo recibir el poder del Espíritu Santo? Creyendo en Jesucristo, que da el Espíritu a los que creen, y pidiendo ser lleno de él (Lucas 11:13; Efesios 5:18), con un corazón limpio, obediente, humilde, dispuesto a servir, perseverante en oración y confiado en sus promesas.
¿Qué significa «ríos de agua viva correrán de su vientre»? Jesús hablaba del Espíritu Santo que recibirían los creyentes (Juan 7:39): una vida abundante que no se queda dentro, sino que fluye hacia los demás.
¿Para qué sirve el poder del Espíritu Santo? Para vivir una vida victoriosa sobre el pecado y el miedo, y para servir con eficacia: ser testigos de Cristo y bendecir a otros (Hechos 1:8). No es para lucirse ni para enriquecerse.
¿Por qué no veo el poder de Dios en mi vida? A veces hay pecados no confesados, desobediencia, orgullo, falta de servicio, oración escasa o incredulidad. Otras veces Dios obra en silencio. Examínate con humildad, sin condenarte, y da un paso de obediencia hoy.
¿El poder del Espíritu es para todos los cristianos? Sí. «Para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos» (Hechos 2:39).
Oración
Padre, tú ves si mi vida se explica por mis fuerzas o por tu presencia. Perdóname por haber vivido tantas veces con mi energía, mi inteligencia y mis talentos, sin depender de ti. Hoy te entrego todo. Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; limpia lo que te ofende y arranca lo que guardo entre tú y yo. Dame un espíritu obediente, que diga sí a la primera. Quítame el orgullo y vísteme de humildad. Ven, Espíritu Santo, llena mi vida hasta que de mi interior corran ríos de agua viva hacia mi familia, mi trabajo y todo el que se cruce en mi camino. Enséñame a orar sin desmayar y a creer lo que prometiste, aunque no vea nada todavía. No quiero conformarme con sobrevivir: quiero descubrir lo que puedes hacer con una vida rendida a ti. Aquí estoy, Señor, todo tuyo. En el nombre de Jesús. Amén.